
Cuando abrimos el periódico, es fácil que pensemos que la digitalización es un caballo desbocado. Inversiones billonarias, incidentes de seguridad y disponibilidad, escaladas bursátiles estratosféricas, falta de personal cualificado, incertidumbres geopolíticas, exigencia normativa… Si hacemos caso a los titulares, parece imposible poner un poco de cordura en el interminable proceso de “Transformación Digital”. Sin embargo, cualquier organización es consciente de que este proceso que vivimos hoy va a marcar su propia supervivencia. Incluso definirá la competitividad de una nación en un mundo cada vez más globalizado.
Estas sensaciones no son nuevas en el sector tecnológico, pero sí cada vez más apremiantes. Tener éxito en esta economía digitalizada, global y acelerada no depende exclusivamente de la fortaleza financiera, del número de trabajadores, de un bagaje de décadas en el mercado o de la privilegiada posición que tengamos ahora respecto a nuestros competidores. Que se lo digan a Nokia o a Blackberry, que dominaban el mercado de telefonía móvil hace 20 años. La capacidad de especialización y adaptación ha permitido que un anecdótico fabricante de tarjetas gráficas para videojuegos se haya convertido en la primera empresa que supera los 5 billones de dólares de capitalización bursátil.
Domar la Transformación Digital es cuestión de centrar los recursos en lo que cada uno sabe hacer mejor, lo crítico y lo que lo distingue en el mercado, y dejar lo más higiénico del negocio —donde menos valor aportamos— en manos de terceros. Es algo que históricamente sabemos hacer bien en el mercado tecnológico. Por eso es un sector más dinámico que otros y es habitual que hablemos del ecosistema IT, de los partners y de las alianzas estratégicas. En definitiva: de la colaboración.
Como proveedor de soluciones cloud, siempre podemos decir que la infraestructura se ha convertido en una commodity. La realidad es que la infraestructura es imprescindible en cualquier proyecto digital. Y también es cierto que muchos integradores, consultores y agencias de desarrollo web o ISV siguen viendo la infraestructura como un mal inevitable en su día a día.
Sin embargo, para el cliente final y para el mercado, el auténtico valor de las soluciones IT ha escalado drásticamente hacia arriba en la pila tecnológica: hacia el dato, la aplicación y, sobre todo, hacia la agilidad. Esto pasa por aparcar la infraestructura, por aislarla de nuestra cadena de valor.
Gracias a los modelos de nube y a la tecnología como servicio (llamémosle XaaS), la infraestructura se vuelve transparente. No dejará de estar por debajo del desarrollo y del proyecto que ponemos en marcha, pero dejará de preocuparnos y de ocuparnos. Confiando en un proveedor especializado, tendremos la infraestructura resiliente, segura y soberana que necesitamos, pero sin consumirnos ni desviarnos de la realidad del mercado.
El mayor valor del canal IT reside en cómo traduce las necesidades del cliente para diseñar una solución tecnológica que impacte en el negocio y hace desaparecer de su propuesta toda la complejidad de este sector tan exigente y en continuo cambio.
Si queremos domar la Transformación Digital, la digitalización es solo un primer paso. La Transformación Digital se ha convertido en una tarea recurrente e inacabable en la operativa de cualquier empresa, similar al seguimiento presupuestario o a los libros de cuentas anuales. Solo la especialización del partner, que aísla todo el ruido propio del sector tecnológico, es capaz de dotar al negocio de la capacidad de adaptación y respuesta que requiere una empresa hoy en este mercado globalizado.






